A Pablo siempre le pasaba lo mismo, qué le vamos a hacer.

Se despertaba cualquier martes con la idea clarísima de que el mundo era un tablero de tenis donde las líneas no marcaban límites sino posibilidades, y entonces caminaba por la cocina como si pisara la línea de fondo y la heladera fuese un juez de silla demasiado callado para su gusto.


Después, claro, venía el ritual de siempre:

esa forma de agarrar la raqueta como si fuese un gato que todavía no decidió si dejarse acariciar,

el bote de la pelota que trae un eco de ciudades que no existen,

y ese momento raro en que el cuerpo sabe un golpe que la cabeza apenas empieza a imaginar.


Y entonces le empezaba a pasar lo de siempre, lo que él ya conocía mejor que la palabra “revés”:

ese desdoblamiento mínimo entre el que sueña el punto y el que lo ejecuta,

una frontera tan finita que si respiraba fuerte la borraba.


Pero hoy —y esto no se lo contaba a nadie—

Pablo sintió que un truco de skate que todavía no había intentado se le deslizaba por la muñeca derecha,

como un recuerdo anticipado,

como si su cuerpo supiera antes que él dónde aterrizaría el futuro.


Eso lo puso contento, y también un poco sorprendido,

porque su alegría siempre venía mezclada con sorpresa,

y él ya entendía que esas dos cosas eran una especie de aduana secreta por la que uno pasa cada vez que hace algo verdadero.


Había días en que Pablo se movía como caballo,

saltando casillas invisibles,

otros como torre,

entero hacia adelante con una honradez de geometría pura,

y algunos días —los mejores—

era alfil, un alfil que se reía de su propia diagonal.


Ese día, mientras miraba la cancha vacía,

Pablo tuvo la sensación definitiva de que la vida no se vive en los partidos ganados

sino en esos instantes suspendidos antes del saque,

cuando uno existe un poco más de lo necesario

y entonces se descubre, sin quererlo,

capaz de un punto que todavía no nació

pero lo está llamando por su nombre.


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