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Conforme vamos caminando en la senda del tiempo, tendemos a mirar hacia atrás con ternura, encontrándonos con versiones propias que, aunque inevitablemente idas, son parte de qué somos hoy día, y siempre vamos a tener el recuerdo, también, si hemos hecho bien las cosas, de algún libro que nos ha acompañado en nuestros propios silencios.

Un lugar feliz, para muchos de nosotros en esta experiencia de ser humanos, es justamente un libro, o en plural, son los libros. Sus tapas de colores, sus olores, esos pequeños tesoros que dejamos en ellos, como una rosa ya seca, una fotografía análoga, o algo tan sutil, como una frase subrayada con el grafito de un lápiz, ahí perdida en un mar de párrafos, sobresale, “Probablemente de todos nuestros sentimientos el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose”, sin más contexto, ahí en la nada,  en el centro de una página en medio de una novela infinita o quizá, como no, eso de que “lo esencial es invisible a los ojos”, donde siempre ha estado, donde siempre estará, y es que, no hay mejor placer que volver a donde hemos sido felices, y mirar desde afuera eso que nos es familiar, y que sin embargo, emana una vida propia y nueva cada vez que conectamos de nuevo con aquel viejo sentimiento de alegría y sorpresa al mismo tiempo.

La lectura, es un hábito, sí, es, además, en tiempos modernos, un acto de rebeldía. Nada más rebelde que andar un libro en la mano en lugar de un dispositivo electrónico, de mirar el tiempo pasar más lento, quizá en el tren, notar que seguimos en la misma página, pues nos hemos devuelto al inicio, y que de reojo la visión periférica nos da a entender que ya el vecino contiguo en el viaje a casa, ha consumido cuatro o cinco tik-toks, y que nosotros seguimos ahí, tratando de imaginar a Florentino Ariza, que, vestía de manera sombría, lo cual le hacía parecer más viejo de lo que era. Pausamos, y en nuestra mente, cada vez su ropa es más sombría, y es tan viejo, como el Viejo Pescador Santiago, ese de Ernest Hemingway en El Viejo y el Mar, pero, no tan viejo para que no tenga un poco de inocencia y dulzura, como O Principezinho, pues al igual en el atemporal cuento de Antoine de Saint-Exupéry, en El Amor en los Tiempos del Cólera, Florentino Ariza nos enseña la diferencia entre querer y amar a una rosa.

 Leer además, nos hace mejores escuchas, pues entendemos el poder de las palabras, y que cuando hay una comunicación efectiva, somos, como receptores del mensaje, una parte activa, y es un deber poner atención a las palabras que escuchamos, las ideas que forman, la intención que llevan, las imágenes mentales que nos pintan y, como podemos interiorizar nuestra escucha activa para no solo ser buen interlocutor, más allá de eso, para poder entablar una plática donde también nuestras palabras llevan un mensaje claro, sincero, cándido, pues entendemos que nuestras palabras tienen también un poder curativo, y que el diálogo es un juego maravilloso cuando se hace bien.

Hay quienes llevamos en nuestro espíritu todos esos libros bondadosos que hemos leído, todas esas aventuras que atesoramos, y que de cuando en cuando, nos es inevitable empezar a hablar solos en voz alta, recordando pasajes de libros en la biblioteca que llevamos en el corazón, pues aún quedamos quienes, de manera espontánea, cuando tomamos un café con una amistad, nos da por intercambiar poesía, y no olvidamos que por un momento, el único impulso que tuvimos con un dispositivo electrónico en toda la velada fue para poder recitar con pausa y buen tono, algo tan bello como el poema Patria por Jorge Debravo.

Cierro recordando esas bellas tardes perdido en un mundo literario,  pienso mucho en lo feliz que fui leyendo a Julio Verne de niño, como ese fue mi descubrimiento de la ciencia ficción, el desarollo de la paciencia y como me fascinaba que fuera un libro tan antiguo, aunque, siendo relativo el tiempo, hoy día lo veo más cercano a la era de la electricidad de lo que mi mente podía concebir entonces, y me veo a mi mismo leyéndolo, en silencio y con atención, bajo un cuadro pictórico donde mis padrinos, con sus pisos y paredes de madera impecablemente barnizado todo, y ahí en ese cuadro, un león, una jirafa, un hipopótamo, y una cebra, todos con sus respectivos anteojos y libros en la mano, y la leyenda arriba

"Para ser viejo y sabio…hay que leer a diario."

 


 

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