Dejarlas Partir (versión Pablo Cronopio)

 Hay recuerdos que uno no guarda:

se quedan solos, como perros fieles que nunca aprendieron a irse.


A veces me despierto con la sensación de que llevo demasiadas vidas adentro:

la risa de alguien que ya no está en mi hombro,

el olor a carreteras que no volveré a recorrer,

mi sombra más joven mirándome desde un retrovisor,

preguntándose en qué momento dejó de ser él y empezó a ser yo.


Todo lo que fui late todavía,

como si el tiempo no fuera una línea sino un acorde que vibra distinto cuando lo rozo.


Yo no sé explicar por qué hice lo que hice.

Quizás fue para romper una quietud que me estaba apagando,

para darme cuenta de que para crecer a veces hay que dejar que algo se quiebre,

como una rama que se corta para que brote otra más fuerte.


Nunca quise destruir nada,

pero entendí tarde que cada golpe maestro —en la cancha, en el alma, en una calle vacía—

no solo rompe el aire:

también me rompe a mí,

y en esa fractura encuentro un pedazo nuevo de mí mismo.


Las cosas que amé siguen viviendo en mí.

No como fantasmas tristes,

sino como luces que aprendieron a quedarse calladas.

Como fotografías análogas:

lo que se gastó por fuera brilla eterno por dentro.


A veces camino con todas ellas detrás,

como una procesión íntima que solo yo escucho.

No me pesan.

Son mis testigos.


Y, sin embargo, sé que tengo que dejarlas partir.


No porque quiera olvidarlas —eso sería una traición—

sino porque ya cumplieron su tarea:

hacerme quien soy cuando la luz toca mi cara en una tarde sin ruido,

cuando un golpe perfecto sale de mi raqueta,

cuando una cámara vieja captura lo que mis ojos nunca pudieron explicar.


Las dejo partir para que dejen espacio.

Para que sigan viviendo en mí sin atarme.

Para que la memoria no sea jaula, sino casa.


Yo soy la suma de esas voces,

de esas risas que aún me despiertan,

de esos silencios que me enseñaron más que cualquier palabra.


Después del amor, nada vuelve a ser igual.

Pero —lo aprendí tarde—

tampoco tiene que serlo.


Hay cambios que duelen como cicatriz,

pero brillan como constelación.


Y yo camino con todos ellos,

no para retenerlos,

sino para agradecerles:


gracias por haber vivido en mí.

Gracias por seguir.

Gracias por poder,

finalmente,

dejarlas partir.


Comentarios

Entradas populares de este blog

"Se me va la vida..."

- dos -