“Pablito cronopio” (mini)


Pablo era un cronopio que cada mañana despertaba con tres ideas nuevas en la cabeza:

una para un golpe que todavía no existía,

otra para un truquito de patineta que saltaba entre sus neuronas,

y la última para una canción que se le había escondido debajo de la almohada.


Las ideas no venían solas: hacían fila, curiosas, como pequeñas luciérnagas.

Pablo las miraba con un cariño de domingo a las siete de la tarde,

cuando uno sabe que la vida sigue,

pero también sabe que sólo vale la pena si uno hace algo inesperado con ella.


Y así, cada día, Pablo cronopio iba recogiendo sorpresas:

una pelota que se dejaba acariciar por la física,

una rueda que caía exactamente donde él la soñó,

y un acorde que le guiñaba el ojo como diciendo:

“al final, ¿viste?, te estaba esperando.”


Las tres luciérnagas se reían,

porque sabían que la alegría de Pablo siempre llegaba por sorpresa,

y que en el fondo esa era su manera más tierna de estar vivo.


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