Pablopedia & Pablo Cronopio

 (Escena lúdica, surreal y absolutamente razonable)


Aquella mañana, Pablo Cronopio llegó a la cancha diez minutos antes, lo cual, para un cronopio responsable, equivale a llegar una hora tarde pero con el corazón más liviano.

La luz entraba por la ventana diagonal, esa que siempre parece haber sido diseñada por un arquitecto que también era poeta.


Cronopio dejó su raqueta en el banco, bostezó en espiral (los cronopios jamás bostezan en línea recta)

y estaba a punto de empezar el ritual del primer saque cuando escuchó una voz a su izquierda:


—Disculpá, pero hoy sirvo yo.


Se giró y vio a Pablopedia.

Sí, sí, a Pablopedia: prolijo, ordenado, con la muñequera perfectamente alineada cinco milímetros por debajo del hueso exacto,

la raqueta sujeta como si sostuviera una tesis doctoral sobre la aerodinámica del top-spin.


—¿Vos? —dijo Cronopio, rascándose una idea detrás de la oreja—. ¿Por qué vos?


—Porque —respondió Pablopedia muy serio— hoy corresponde. Ayer sirvieron los impulsos creativos. Hoy le toca al orden estructural interno. Y pasado mañana… bueno, depende del barómetro emocional.


Pablo Cronopio parpadeó dos veces, lo cual para un cronopio es equivalente a que un fama llame a su contador para verificar gastos.


—Mirá, Pablopedia —dijo con tono diplomático—. Yo venía con una alegría chiquita que encontré en el bolsillo derecho.

Estaba justo lista para volverse un golpe inesperadamente perfecto.

Vos sabés cómo es eso…


—Lo sé —concedió Pablopedia—, pero justamente por eso quiero servir yo: para aumentar la probabilidad de impacto óptimo según los vectores del viento interno.


Cronopio abrió los brazos, como si quisiera abrazar un argumento entero sin entenderlo del todo.


—¡Pero si la gracia es que el golpe sorprenda!

Si está todo tan calculado… ¿dónde queda la maravilla?


—La maravilla —respondió Pablopedia— queda en la ejecución impecable.

Además, traigo una progresión de ideas coordinadas para la jornada.

Es más eficiente.


Cronopio se rió.

Era esa risa suya que parece que tuviera confeti emocional adentro.


—¿Y si hacemos lo de siempre? —propuso—. Un punto neutral.

Si entra, servís vos.

Y si entra de manera sorprendente, sirvo yo.


Pablopedia cruzó los brazos, pensó, analizó, ponderó probabilidades…

Se tomó su tiempo (dos segundos y medio, que para él es una eternidad).


—Acepto —dijo.


Entonces se pararon del mismo lado de la cancha, uno pegado al otro:

Cronopio ligeramente inclinado hacia la imaginación,

Pablopedia alineado a 90 grados con la razón.

El mismo Pablo en dos versiones incompatibles y perfectas.


Cronopio tomó la pelota con la yema de los dedos, la botó una vez, dos veces…

y sin avisar, improvisó un gesto rarísimo:

una especie de saque-lateralo-invertido-diagonal

que la pelota aceptó de buen humor.


La pelota voló con ese misterio que tienen las cosas que no existían hace un segundo

y cayó exactamente, exactísimamente,

en el borde de la línea.


Pablopedia abrió los ojos un milímetro más de lo normal (que para él es una reacción salvaje).

Cronopio sonrió como si acabara de conversar con la física en voz baja.


—¿Viste? —dijo Cronopio—. Sorprendente y perfectamente razonable.


Pablopedia suspiró, resignado y orgulloso al mismo tiempo.


—Está bien —dijo, acomodándose la muñequera—. Servís vos.

Pero dejame al menos tomar nota mental.


—Tomá nota todo lo que quieras —respondió Cronopio—.

Pero hoy vamos a jugar en diagonal.


Y así, los dos Pablos —el que explica y el que inventa—

pasaron la mañana jugando puntos que solo ellos dos podían entender.


Porque al fin y al cabo, ¿qué es un día bien vivido

si no una discusión tierna entre la sorpresa y la estructura?


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